V domingo de Cuaresma
Toda persona experimenta que está abierta a los demás y al infinito (apertura a la trascendencia), esta apertura al infinito se percibe en la experiencia del amor, de la esperanza, de la felicidad, y el ser humano no solo quiere experimentar sino vivir esta plenitud de amor, esperanza, felicidad. Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, realiza de forma absoluta y total esta capacidad humana de apertura.
Por la encarnación el Hijo de Dios asume una existencia humana como la nuestra y por ello Jesucristo realiza de forma plena esta experiencia humana que Dios ha puesto por la creación dentro de la existencia humana. Por amor el ser humano puede abrirse a los demás y a Dios de tal manera que llegue a vaciarse de sí mismo para llenarse de Dios de los hermanos. Este vaciamiento y aceptación de Dios y de los hermanos se logró plenamente en Jesucristo. Nosotros, hermanos y discípulos de Jesucristo recibimos de Dios y del mismo Cristo este desafío de abrirnos más y más a Dios y a los hermanos para poder ser colmados de la comunión divina y humana.
De manera que puedo comprender la salvación en el cristianismo como el regreso del camino que Dios me ha abierto por la encarnación de su Hijo. Por la encarnación el Hijo de Dios viene a encontrarse conmigo en mi humanidad, en mi historia personal, y desde aquí me está abriendo el camino a la comunión de amor con Dios Padre y con los hermanos.
